lunes, 2 de febrero de 2015

CREEMOS EN UPYD COMO SOLUCIÓN A LOS PROBLEMAS DE ESPAÑA

Hace unos días Fernando Savater escribía que seguramente no es la per­fec­ción UP­yD, pero que tam­po­co for­ma par­te de la ac­tual cas­ta po­lí­ti­ca, y que es lo que él mismo reclamó y apoyó desde su creación en el año 2.007. Pero no creemos que puedan darnos lecciones ninguno de los partidos actuales. Y que ahora que parece que en el 2.015 va a acabar la etapa del bipartidismo que podría poner fin a la restauración democrática de España, y dar comienzo a la etapa de regeneración democrática de nuestro país, la gente podría recuperar la ilusión de participación ciudadana con nuevas propuestas que surgen en el corrupto y enrarecido ambiente de la política española. Propuestas en general que ya UPYD planteaba en el año 2.007 cuando nacía como un partido inequívocamente nacional. Y nos decía que ese nuevo partido nacía casi en una pirueta circense, sin apoyos relevantes en los medios de comunicación, sin presencia invasiva en las redes sociales incipientes, sin más apoyo económico que un crowdfunding (que por entonces no se llamaba así), sin préstamos generosos de Venezuela, ni de Irán, ni de otros países sudamericanos, con una diferencia de trato periodístico entonces a los fundadores del partido que dejaba mucho que desear. Pero desde entonces hay un grupo parlamentario en el Congreso constituido con dificultades y otro en la comunidad de Madrid. Y 4 europarlamentarios entre lo más relevante. Algunos cuando nos inscribimos en su antecesor, la palataforma pro, no sabiamos que Rosa Díez fuera a ser su portavoz, y hemos trabajado con ahínco para ser alternativa en España, fuera con quien fuera, porque estamos por las ideas y no por liderazgos personales. Por que estamos contra la ambigüedad y los tópicos de muchos, porque decidimos tener un programa con planteamientos claros en materia de ciudadanía sin condicionamientos territoriales ni disgregaciones separatistas, con una lengua común vertebradora y derecho de todos los españoles sin menosprecio de otras lenguas regionales, por el cambio de una injusta ley electoral, por la recuperación del Estado de las competencias educativas, y de la exigencia de austeridad a los cargos públicos, por un laicismo efectivo como protección de la libertad de conciencia, de la igualdad ante Hacienda de todas las autonomías, y un largo etcétera. Ahora algunos que plantean estas cuestiones se convierten en trending topic de los indignados del 15-M y de los grupos políticos similares. En UPyD creemos en la bondad de la Transición democrática, no la desdeñamos. Porque fue una solución de concordia, ahora destruida por el PP y el PSOE con ayuda de IU y los nacionalistas. Tampoco somos antisistema, muy al contrario, defendemos una Constitución que nos dimos los españoles y que otros ahora vilipendian, aunque pensemos que hay que reformarla con intensidad. Es verdad que muchos creemos en una tercera vía para España, que algunos han venido en llamar la vía de la ciudadanía, pero que aunque UPyD no tenga ni vaya a tener el "barniz de glamour mediático que hoy maquilla los agujeros de los más insustanciales", los retos y la ruta que abrió hace ya más de siete años siguen vigentes, tal como dijo Savater: "para quienes buscan justicia sin ajusticiamientos y regeneración sin demoliciones incontroladas". UPyD tiene el mejor programa para España, porque es el partido de la gente normal. Porque no va a poner en peligro la seguridad y bienestar del futuro de los ciudadanos frente a corruptos, nacionalistas, localistas, populistas y oportunistas. Olvidando argumentos peligrosos con consecuencias inciertas, como la reestructuración de la deuda o los recortes despiadados. Porque hay que recortar lo accesorio, para asegurar lo importante. En 2.015 los españoles tienen dos caminos: uno del inmovilismo del bipartidismo con o sin populistas, frente a otro de la normalidad con cambios seguros y realistas de nuestra Constitución, del resto del ordenamiento jurídico y de la organización económica. Eso es UPyD, y no los cantos de sirena de otros, o el aferramiento al poder de muchos.